Veinte horas con Camba… y seguirás teniendo hambre

Cuando decides viajar por la vida de una persona a través de sus escritos, lo común es comenzar el camino sabiendo apenas nada y llegar a la meta sabiendo quizá un poco. Pero esto no ocurre siempre. Al menos, no con Julio Camba.

Julio Camba

Si saboreas ‘Mi nombre es  Camba’ y pruebas después ‘La música de café’ para degustar a continuación ‘Una ciudad sin temas literarios’, el aperitivo te sabe a poco y aceptas, sin  pensártelo dos veces, la  recomendación de la casa: ‘Lo que nos  hace falta’ y ‘Los soldaditos de plomo’. Es entonces cuando decides pedirte ‘La libre oportunidad’ como primer  plato y ‘La forma cilíndrica’ de  segundo. Para el postre dudas entre ‘Una Constitución con calefacción central’ o ‘El pueblo, los pueblos y las casas del pueblo’. Pero tomes lo que  tomes, tomes mucho o tomes poco, sientes que, extrañamente, sigues teniendo hambre.

Como buen periodista, el gallego Julio Camba consigue retener a los lectores como presos que no alcanzan las llaves de sus esposas hasta que no miran bajo el punto y final de cada uno de los artículos. Y logra también reflexionar acerca de la vida o de cualquiera de sus aspectos de una manera aparentemente tan clara y sencilla que, cuando nos detenemos ante ella para analizarla, comprobamos que esconde mucho más bajo sus líneas que por encima de ellas.

Desde sus primeros artículos, Camba nos educa para comprender su humor y su ironía hasta tal punto que nos extrañamos cuando no los percibimos. Y ese humor y esa ironía, así como el lenguaje metafórico y la tendencia comparativa de los que el periodista hace tanto uso, son los protagonistas indiscutibles de sus escritos, unos escritos que a pesar del paso del tiempo siguen resultando actuales. Es entonces cuando vemos a un Camba resplandeciente, cuando leemos a una pluma brillante y cuando nos enfadamos con nosotros mismos y con quienes nos rodean por no haber podido conocerle mucho antes.

Pero ni lo conocíamos antes ni lo conocemos ahora. El Julio Camba que, parecía, comenzábamos a conocer, se aleja de nuevo convirtiéndose en un auténtico extraño. Con el desengaño que siente tras la llegada de la II República a España, en la que tanto confiaba y de la que tanto esperaba, el frustrado periodista deja a un lado su humor y su ironía para embarcarse en la escritura de unos artículos menos amenos, con frases más largas y tediosas y con un estilo ya no ‘cambiano’. Pero el que traza las letras sigue siendo Camba, el mismo Camba al que, sin quererlo ni beberlo, nos hemos enganchado.

No nos queda, entonces, más que sentirnos satisfechos por haber conseguido convertirnos en sus perfectos lectores: no solo por creernos de principio a fin su personaje perfectamente construido, sino también porque, para su gozo –aún en esa posteridad en la que nunca creyó-, nos hemos percatado de que quien habla en primera persona en sus artículos no es Julio Camba sino la propia dulce creación que, al detalle, elevó ante nosotros.

¿Y qué más queda tras veinte horas leyendo a Camba? Queda, sin duda, un buen sabor de boca. Pero, sobre todo, queda hambre, mucha hambre, queda una gigantesca necesidad de averiguar quién fue Camba en realidad. 

Creímos conocerle, pero él ya nos advirtió: “…que ustedes no me tomen nunca completamente en serio. Ni completamente en serio, ni completamente en broma”. ¿No hablaría también sobre su propia persona?

Nadie nos ha hablado nunca de Julio Camba. Pero quizá nadie lo ha hecho porque nadie realmente lo conoce…

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Acerca de lgarciamartinez

Periodista y comunicadora audiovisual especializada en medios digitales (redacción/edición web, marketing online y gestión de proyectos). Soy de la opinión de que la vida es para los que arriesgan... Ver todas las entradas de lgarciamartinez

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