Tata, tata, ¿me cuentas otro cuento?

-Tata, tata. ¿Por qué estás llorando?

Los seres humanos tendemos a ser protectores con quienes creemos más débiles que nosotros. Aún no puedo creer cómo pueden ser capaces unos padres de mantener lejos del dolor a sus criaturas. Lejos de un dolor que es inexplicable. Solemos poner como excusa que un niño nunca podría entender. En verdad, tampoco unos padres sabrían cómo explicar.

En los mejores casos crecemos felices. Con preocupaciones de bebés, de niños, luego de adolescentes. Hasta que nos toca empezar a preocuparnos como adultos. Es entonces cuando uno empieza a percatarse de las presiones económicas. De los problemas familiares. De los problemas de pareja. Del qué dirán, de la apariencia, del físico. De la salud no solemos preocuparnos.

-Tata, ¿por qué no vienes y así jugamos a algo?

Cuando por primera vez sientes en tus propias carnes el dolor de haber perdido a alguien muy cercano, alguien que vivía a tu lado pero no veías las veces que hubieras querido… alguien que siempre estaba ahí contigo tirando confeti en cada Nochevieja… alguien que se preocupaba por ti y por quienes te rodean, y a quien todo el mundo tenía aprecio. Es entonces cuando irremediable y repentinamente “te haces mayor”.

Comprendes que la vida no siempre es lo justa que debiera, aunque los cuentos siempre tuvieran un final feliz. Comprendes que hay lecciones que se aprenden cuando ya es demasiado tarde, perdiendo así todo su sentido las moralejas. Comprendes que puedes pasarte la vida haciendo planes sin darte cuenta de que un día todos los planes pueden desmoronarse.

-Tata, ¿te vienes conmigo y con papá al zoo?

Hay imágenes que ni en las peores pesadillas puedes imaginarte que te tocará vivir. Pero de repente te ves ahí, con tu familia querida caminando detrás de un coche fúnebre con destino a una capilla en la que, si alguna vez has creído, ya has dejado de creer. Y entonces entras, con aquellos a quienes más quieres en este mundo. Y con un hueco inmenso que sientes que nada ni nadie ya será capaz de rellenar.

Y da comienzo la producción audiovisual más lúgubre que jamás has visto, con violines de fondo que tratan de hacer, si cabe, aún más dramática la situación. Y ves “santas cruces” por todas partes. Y un hombre al que no conoces de nada, con los brazos en alto, sermoneándote a modo de lección… para acabar cuanto antes y que pase el siguiente.

-Tata, tata. ¿Me cuentas otro cuento?

No era un cuento, peque. Cuando seas mayor lo comprenderás. Aunque ojalá no tuvieses que crecer nunca.

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Acerca de lgarciamartinez

Periodista y comunicadora audiovisual especializada en medios digitales (redacción/edición web, marketing online y gestión de proyectos). Soy de la opinión de que la vida es para los que arriesgan... Ver todas las entradas de lgarciamartinez

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